CHAVALES OSCUROS DE LOS 90

Majadahonda es hoy un remanso de paz y de armonía entre vecinos. Casi —con algunas excepciones, como ya explicamos hace unos meses— no hay incidentes y altercados entre los majariegos. En eso creo que podemos estar de acuerdo. Sin embargo, esto no siempre ha sido así. Por supuesto que no quiero decir que Majadahonda haya sido en algún punto del pasado un lugar lleno de violencia (si exceptuamos, claro, la Guerra de la Independencia de principios del siglo XIX, donde Majadahonda fue uno de los principales escenarios, ya que aquí se libró la Batalla de Majadahonda que, por cierto, perdimos; y la Guerra Civil española, cuando nuestra pequeña e idílica localidad se convirtió en un mar de sangre en el que no quedó piedra sobre piedra, razón por la cual en Majadahonda es imposible encontrar nada con más de 75 años de antigüedad), pero sí es verdad que en el pasado reciente (o relativamente reciente) Majadahonda no ha sido como es hoy.

Hubo un tiempo en el que, a diferencia de ahora, Majadahonda sí salía en los periódicos y demás medios de comunicación, pero no precisamente como buenas noticias. A principios de los años 90, el clima de tensión existente en Majadahonda por la presencia de numerosos grupos de jóvenes neonazis había escalado cotas altísimas. La situación no solo era así en Majadahonda, sino también en los alrededores.

Las circunstancias eran estas. Majadahonda, desde finales de los años ochenta, estaba sufriendo una gran transformación. Se estaba convirtiendo en una gran ciudad, en la que muchos de sus habitantes procedían de otros puntos de la región, principalmente de la capital, y se habían instalado en grandes chalés y pisos con piscina y jardín, ya que, por lo general, tenían un alto poder adquisitivo. Eran familias jóvenes, cuyos cabezas de familia trabajaban en importantes cargos de la administración pública (durante el gobierno de Felipe González, llegaron a vivir en Majadahonda varios de los miembros de su gabinete), o en destacados puestos en empresas privadas. Los hijos de éstos, en algunos casos fueron, mediante influencias externas, seducidos por algunas ideologías extremistas, hasta que no solo llegaron a simpatizar con éstas, sino a ejercer la violencia, claramente injustificada, para defenderlas.

Así fue cómo surgieron los neonazis noventeros de Majadahonda, de los que hoy, por fortuna, prácticamente no quedan. Muchos les recordarán por el apodo que la prensa les puso: los skin heads, o cabezas rapadas. No solo estaban en Majadahonda, sino que también habían proliferado en Pozuelo, Las Rozas o Aravaca. Sí, Aravaca. Ese distrito al oeste de Madrid, donde un grupo de skin heads asesinaron a una dominicana, llamada Lucrecia Pérez, en noviembre de 1992, mientras dormía en una discoteca abandonada, junto a la Nacional VI. Los asesinos entraron en la discoteca, donde Lucrecia y otros compatriotas suyos cenaban, y se pusieron a dispararles. A Lucrecia le dieron en el corazón. Murió.

Jóvenes “skin heads” en el Chelsea de los años 80. Fuente: Diario The Sun.

Su asesinato parecía haber sensibilizado a la opinión pública española sobre la lacra del racismo, pero no fue el último crimen.

Ahora es cuando Majadahonda entra en escena. Cinco años antes de la muerte de Fernando Bertolá, acuchillado en la calle Mieses de Majadahonda, y solamente un día después del asesinato de Lucrecia, otro grupo de neonazis, muy probablemente relacionados con los que mataron el día anterior a la dominicana, empujaron a Hassan El Yahahaqui, marroquí de 25 años, que caminaba borracho por las calles de Majadahonda la noche de aquel día. Debido a su embriaguez, este no pudo hacer nada para evitar caer fuertemente al suelo y romperse el cráneo, según relataba El País. Se dice, también, que si cayó inconsciente fue porque se golpeó con una botella. Sea como fuere, el marroquí, una vez en el suelo, fue pateado varias veces. Los detenidos por el asesinato —porque Hassan finalmente murió, tras nueve días hospitalizado en coma—, que huyeron, tenían entre 17 y 19 años. 19 en el caso del autor material. Un cura de Majadahonda afirmó que la agresión y crimen habían estado claramente premeditados.

Mientras, los majariegos estaban hartos de que su pueblo se hubiera convertido en un sitio violento, donde “los marroquíes tenían que esconderse antes de las 8 para no ser apaleados”, como dijo un paisano de Hassan. Está claro que la proliferación de inmigrantes en Majadahonda desagradaba a algunos, que tenían que recurrir a la violencia y el asesinato para demostrarlo. El centro de Majadahonda fue, durante toda la década de los 90, territorio de los skin heads, especialmente desde 1992, con la inauguración del Instituto III de Majadahonda (hoy, IES Margarita Salas), donde estaban congregados muchos de estos jóvenes. Jóvenes con poca personalidad y pocas entendederas que habían sido seducidos con demagogia y discursos fáciles para que se radicalizasen, con tan solo dieciséis o diecisiete años de edad. Una edad en la que los chavales son tremendamente manipulables.

A finales de aquella década los cabezas rapadas y demás grupúsculos xenófobos fueron decayendo hasta tener, en la actualidad, una presencia testimonial. Que son cuatro gatos, vaya.

«EL CASERÓN OLVIDADO», EL VIERNES 6 DE OCTUBRE. SOLO EN PQM. 

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