EL CASERÓN OLVIDADO

A la orilla derecha del antiguo camino que comunicaba Majadahonda con Villanueva del Pardillo, mucho más antiguo que la carretera M-509, que luego fue convertida en autovía, se sitúa un viejo edificio abandonado. Y con edificio me refiero a una casita minúscula junto a las ruinas de lo que antes pudo haber sido… no se sabe qué. Eso es lo que traté de averiguar en mi visita al lugar, hace unas semanas.

Nadie se ha fijado, o quizá sí, pero cuando sales de Majadahonda hacia el Pardillo, justo después de haber dejado de lado la M-50 hay, a la derecha (cuesta fijarse, eh), algo que desde allí parece un muro verde. Está, de hecho, tan oculto que yo tampoco había reparado en ello, jamás.

Supe de su existencia gracias, una vez más, a internet, y, al principio por curiosidad propia, decidí hacerle una visita. Al ir, ya tenía en cuenta que solo quedaban sus muros, excepto de en la casita de la que hablaba antes, donde debió de vivir gente. Y tú te estarás preguntando, ¿pero de qué está hablando este hombre?

Ni yo lo sé. Como ocurre con la mayoría de los vestigios del pasado majariego, es tremendamente difícil conocer este pasado, saber qué y cómo eran. ¡Si hasta es complicado encontrar en internet fotos de Majadahonda anteriores a hace diez años! Pero en el caso de esta edificación, por su forma y ubicación, podemos suponer que fue un bar de carretera o un prostíbulo. Aunque también es posible que fuese un salón de fiestas. En definitiva, un sitio de ocio, para salir por la noche. Fue una pena que todo estuviera destrozado cuando llegué, pero voy a intentar describir qué vi.

El pub, club, sala de fiestas, lo que fuese, desde el viejo camino del Pardillo.

El primer sitio en el que entré al llegar, porque me llamó la atención, fue la casita; lo único, aparte de los muros de la otra edificación, que se mantenía en pie. La planta de abajo estaba vacía, si no tenemos en cuenta un viejo váter que había allí tirado, y unos muebles que quién sabe de cuándo son y de qué servían. Tras subir por unas pequeñas escaleras, que estaban por fuera de la casa, llegué a la segunda planta, donde encontré dos pequeños dormitorios (una de ellas casi vacía; y la otra, en la que la pared que daba al exterior tenía un importante agujero, con un colchón tirado en el suelo. Ciertamente, poco interesante, ya que lo que quedaba no daba mucha información y, además, parecía que algunas de esas cosas hubieran pertenecido, más que al antiguo pub, puticlub o lo que allí hubiese, a gente que hubiera morado allí posteriormente. No hace falta ser un genio para saber que, más recientemente, por allí habían pasado personas.

¿Qué pinta allí un váter? ¿Y unos neumáticos? Raro, raro, raro.

La sensación, al estar allí dentro, más que de inseguridad, para mí, era de vejez absoluta. Vejez de ese sitio, que parecía (y fue así) haberse quedado a la intemperie de un día a otro, sin que nadie se hubiera preocupado por ella.

Bajé. Total, allí arriba no había nada más que ver. Y avancé. Avancé hasta lo que otrora había sido la “nave” central, el lugar protagonista. Todo ha quedado invadido por la salvaje naturaleza de secano, con tropezones de basura, o cosas igual de viejas que el edificio. Rodeé el muro de la nave, ya que el tejado fue demolido hace alrededor de siete años, hasta que encontré un sitio por el que introducirme, aunque sea en una parte. Muy raro todo. El tejado había sido tirado, sí. Pero estaba ahora en el suelo. Para poder avanzar tenía que pasar entre multitud de planchas de amianto (de este tejado, o extejado), viejos electrodomésticos, carcasas de ordenadores… Tengo la hipótesis de que no todo pertenecía al club. Alguien había pensado, años después, que aquello era un punto limpio. Nada interesante que ver, así que me di la vuelta.

Sobre estos muros antes hubo un tejado, de amianto (cuyos efectos nocivos sobre la salud están demostrados). Ahora está debajo. 

Este lugar, sinceramente, no es que tuviera un considerable valor del pasado, para investigarlo. Todo lo contrario. Una simple ruina que nos dice que allí hubo algo, dándonos las pistas justitas para barruntarnos qué pudo ser (y sin mucha concreción). Nada más. Cogí la bici en la que había llegado y me volví a la civilización, no sin antes toparme por una vieja y oxidada lata de Mahou, caducada Dios sabe cuándo.

Imágenes: Por qué Majadahonda

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